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[Ensayo] «El brutalista»: Los reversos morales del ‘american dream’

Dirigida por el realizador estadounidense Brady Corbet —a partir de un guion que coescribió junto a Mona Fastvold— el filme protagonizado por Adrien Brody, Felicity Jones y Guy Pearce se encuentra nominado a diez estatuillas de los codiciados premios Oscar que se dirimirán el próximo domingo 2 de marzo en el Dolby Theatre de Hollywood.

Por Cristián Uribe Moreno

Publicado el 22.2.2025

El «brutalismo» es una tendencia arquitectónica, que se desarrolló principalmente en Europa, luego de la Segunda Guerra Mundial para reconstruir las ciudades arrasadas por el conflicto bélico. Es un estilo que deja expuestos los materiales con que se construyen los inmuebles, sin adornos, sin pinturas, y centrado en formas geométricas.

Con todo, el brutalismo se asocia a la expresión francesa «betón brut», «hormigón a la vista o en bruto» y «art brut», arte en bruto.

Este «arte en bruto», sin adornos, como si estuviera en estado puro, es lo que trata de entregar la película, tanto como expresión artística, como en la configuración de su principal personaje, Lazslo Toth, interpretado de forma brillante por Adrien Brody.

Así, el relato se inicia con la imagen de Zsofia (Raffey Cassidy), en un cuarto, con una voz en off de Erzsebet (Felicity Jones), leyéndole una carta a su esposo Lazslo, informándole que ellas sobrevivieron a las cárceles alemanas y que ahora viven en Hungría.

Luego, se ve en pantalla a Lazslo, que está en un barco llegando a los Estados Unidos. La imagen es poco clara, muy oscura, acompañada de unos susurros inentendibles, asociados a las personas que viajan en la nave (aunque perfectamente podrían ser susurros de los campos de concentración), todos dirigiéndose a cubierta.

Al llegar ahí, los recibe una luminosidad muy blanca, y la primera imagen que Laszlo ve al mirar al cielo es la de la Estatua de la Libertad invertida.

Toda esta escena es muy simbólica, al recrear un nuevo renacer, esta vez en territorio norteamericano. Sin embargo, la icónica figura dada vuelta, como una carta del tarot en idéntica posición, presagia que la historia será inversa a la libertad. O se desarrollará del lado contrario al llamado «sueño americano».

 

Enfrentarse al poder del dinero

Laszlo sufre porque su esposa y su sobrina están aún en Europa. Además, vive en un albergue, trabaja como obrero y sufre dolores derivados de su reclusión con los nazis. Esto lo lleva depender de fármacos y, luego, a convertirse en un adicto.

En este estado calamitoso, aparece en su vida Harrinson Lee Ven Buren (Guy Pearce), un multimillonario que reconoce en Laszlo al talentoso arquitecto, cuyo sólido trabajo aún permanece en pie en Europa, pese a la devastación de la guerra.

Harrinson lo acoge en su mansión pues quiere llevar a cabo una edificación monumental en honor a su fallecida madre y quiere que Lazslo se haga cargo de su propuesta. Hacia el término de la primera parte, se entiende que el artista sobreviviente de los campos de concentración, se acerca a la tan deseada concreción de su «sueño americano».

La segunda parte se inicia con el arquitecto de origen húngaro mientras concurre a recibir a su esposa y sobrina que han sido rescatadas con la ayuda del magnate. Erzsebet llega a Pensilvania y pese a su débil estado físico, gracias a su intelecto y a su prestancia cultural conecta mucho mejor que su esposo con esa frívola sociedad norteamericana de la posguerra.

Y también comprende mejor, que al hacerse cargo de la construcción encomendada, Lazslo se consume más allá de sus fuerzas.

Así, y en este afán por llevar a cabo el proyecto de una manera fidedigna a su concepción original, el arquitecto sentirá en carne propia lo que es para un artista enfrentarse al poder del dinero.

En este aspecto, la batalla que lleva a cabo el Laszlo artista por cumplir su visión estética a través del proyecto, choca con la visión capitalista que tiene Harrinson y su hijo Harry (Joe Alwyn), quienes aterrizan constantemente las ideas del arquitecto en la ejecución del monumento, al modificar de manera constante el plano original.

Con todo, esa buena intención de ayudar al artista, que se proyectaba en la primera parte, se desdibuja cuando surgen las verdaderas intenciones del magnate detrás del impresionante edificio. Y en un momento, ese hombre tan bien intencionado queda al descubierto en toda su crueldad.

Laszlo nunca se puede sacar de la cabeza ese sentimiento de ser extranjero en la tierra de las oportunidades. Por más que busque realizarse como un verdadero arquitecto, el medio en el cual se mueve concluirá por convertirlo en un sujeto habitante de la marginalidad.

Un verdadero lastre que lo terminará por consumir y poseer más de lo que él, un artista sobreviviente de los campos de exterminio nazi, lo hubiese supuesto.

 

La proyección de un hombre que sobrevivió al infierno

De aquí nacen las dos ideas que se desarrollan en las distintas partes de la historia. Por un lado, la expectativa de Laszlo de cumplir una expectativa existencial, el sueño americano, y, por otro lado, el precio que pagará tratando de cumplir ese deseo.

La narración es disímil en los dos capítulos. La primera parte se construye de manera paulatina, pero sólida. La segunda, se concentra en los problemas propios de la realización del proyecto y, en algún momento, se descarrila hacia ideas que suenan forzadas.

El filme da a entender que la solución no está en la tierra de las oportunidades sino en otra tierra más lejana, un estado judío que nacía con la benevolencia de la ONU y que algunos sobrevivientes del exterminio sentían que era la única tierra donde jamás se sentirían extranjeros.

La película tiene momentos en que la dirección artística y la fotografía se lucen en gran forma. A la potente idea inicial de la figura de la libertad invertida, se puede mencionar la construcción del recinto mismo. En esta labor se encuentran las dos fuerzas que palpitan en el relato.

Uno es la proyección de un hombre que sobrevivió al infierno y que busca conectar con un dios que los abandonó en los campos de exterminio.

Su contraparte, la búsqueda de trascendencia de un hombre que consigue todo con dinero y desea un símbolo de su poder que perdure en el tiempo.

Y pese a este choque de dimensiones titánicas, la narración termina dando tumbos. El director Brady Corbet, también responsable del guion junto a su esposa Mona Fastvold, no logra redondear una historia que se presenta como épica pero que acaba desplomándose y finalizada con un epílogo sacado de la chistera de un mago.

Con todo, la reflexión acerca de la duración de las obras hechas por el hombre y cuán perdurables serían las edificaciones que crea Laszlo, al extrapolar tal interrogante a la película misma, la respuesta más probable sería que este es un largometraje audiovisual perecedero.

La misma suerte corre para la apología que se hace del estado de Israel, que en tiempos de genocidio palestino, suena extemporánea y discursiva. Otra desorientación más de un filme que no termina de cuajar.

 

 

 

 

 

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Cristián Uribe Moreno (Santiago, 1971) estudió en el Instituto Nacional General José Miguel Carrera, y es licenciado en literatura hispánica y magíster en estudios latinoamericanos de la Universidad de Chile.

También es profesor en educación media de lenguaje y comunicación, titulado en la Universidad Andrés Bello.

Aficionado a la literatura y al cine, y poeta ocasional, publicó asimismo el libro Versos y yerros (Ediciones Luna de Sangre, 2016).

 

 

 

 

Tráiler:

 

 

 

Cristián Uribe Moreno

 

 

Imagen destacada: El brutalista (2024).

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