A pesar de la coletilla modesta del título «y otros poemas» el nuevo volumen del destacado autor chileno Luis Cruz-Villalobos resulta un trabajo coherente sobre la muerte (despojada de su feroz aspecto y concebida como la puerta a una vida perfecta) y también en torno a la nada.
Por Luis Miguel Iruela
Publicado el 30.3.2025
En su último libro se atreve Luis Cruz-Villalobos (1974) con un tour de force: hacer poesía de la propia poesía. Es decir, fundamentar sus versos en la obra de dos lirismos de muy difícil objeción. Ante los que toda palabra nueva se expone a quedar en inferioridad. Lo más sorprendente es que nuestro autor no resulta malherido en la tarea y convierte su experiencia en un devoto homenaje a ambas.
Alfonsina Storni (1892 – 1938) y Flora Alejandra Pizarnik (1939 – 1972) llevaron vidas trágicamente paralelas, aunque no coincidieron en el tiempo. Tanto la una como la otra escribieron poemas intensos surgidos de su más violenta intimidad.
Si bien su aprendizaje respectivo proviene del modernismo en la primera de ellas y del surrealismo en la segunda, la importancia de un yo sufriente en cada caso hace pensar sobre todo en el potente pathos de un romanticismo tardío.
Procedían las dos de un origen migratorio, de Suiza, Storni y de Ucrania, Pizarnik. Lo que supone un cierto sentido de extrañeza cultural con el medio de acogida. Padecieron graves procesos depresivos crónicos que les empujaron a cometer sendos suicidios y dejaron tras ellos una estela de sensibilidad insoportablemente herida.
Alfonsina Storni sufrió un fuerte golpe de mar en el pecho y en su asistencia médica, se descubrió un cáncer de mama evolucionado, que había pasado desapercibido. Una vez operada con la consecuencia de una mastectomía, siguió el tratamiento de manera irregular hasta abandonarlo.
Tanto el proceso oncológico en sí mismo como el curso adverso de la enfermedad le condicionaron un humor melancólico que abocaría en una profunda depresión, agravada además por un aislamiento social y un refugio ensimismado.
Vivió de cerca la muerte por propia mano de su gran amigo Horacio Quiroga y un año más tarde la de la hija de este, Eglé, por el mismo procedimiento, así como la de Leopoldo Lugones, otra querida amistad. Rodeada de tanta desgracia macabra, decidió ella misma quitarse la vida al precipitarse desde un acantilado en Mar del Plata al Océano Atlántico.
Escrita con tinta roja sobre un papel azul apareció la frase: «Me arrojo al mar». Refieren las crónicas que uno de sus zapatos quedó enganchado al borde del abismo como una metonimia poética de su trágico final. Poco antes, había dejado con un último poema, «Voy a dormir», la que quizá sea una de las más impresionantes composiciones de la literatura hispana.
No es posible dejar de señalar aquí el parecido con la inmolación de Virginia Woolf y su ahogamiento voluntario en el Río Ouse, Sussek. Otra gran escritora herida por una depresión recurrente que le generaba grandes sufrimientos.
Expresiones de rebeldía y desgarro contra el mundo
El caso de Alejandra Pizarnik es diferente. Su estado de insatisfacción permanente no surge de un modo principal de los acontecimientos vividos, sino de su propia personalidad, a tal punto que fue durante mucho tiempo tratada como una paciente psiquiátrica. Recibió el diagnóstico de trastorno límite de la personalidad. Una compleja alteración psicopatológica situada entre el grupo de las neurosis y el de las psicosis.
Si bien es muy arriesgado hacer una valoración clínica en ausencia de entrevistas con el sujeto de estudio, existe de Pizarnik una abundante documentación que lo sugiere. Los diarios, la correspondencia y sobre todo el correo mantenido con León Ostrov, su psicoterapeuta, abundan en expresiones de rebeldía y desgarro contra el mundo, la sociedad, el destino y ella misma que apuntan a un grave problema de identidad. Justo el núcleo de la personalidad limítrofe.
El consumo frecuente de estimulantes y sedantes (su casa era llamada «la farmacia» por la presencia generosa de estos específicos), el torturante sentimiento de una sexualidad variable (heterosexual, bisexual y homosexual), los raptos de malhumor y hostilidad, las profundas crisis de hiriente depresión y el tono distímico de fondo parecen confirmar un estatus de sufrimiento identitario, acerado y permanente.
No es, por lo tanto, de extrañar que, fascinada por la muerte y el silencio, pusiera fin a su vida tras la toma de 50 comprimidos de Seconal durante un permiso de fin de semana de la clínica psiquiátrica donde estaba ingresada, precisamente por dos intentos autodestructivos anteriores.
El suicidio es un asunto desconcertante. Para Freud era un enigma. Y Jaspers hablaba de «la fuerza de provocación metafísica del acto del suicidado». Todo hecho de esta naturaleza deja un legado de desconcierto en allegados y amigos. Albert Camus escribió en su libro El mito de Sísifo que se trataba de la pregunta fundamental de la filosofía. Es decir, de la interrogación de Leibniz: ¿por qué existe algo en vez de nada?
Hasta el siglo XVII por Robert Burton en su Anatomía de la melancolía no empieza a considerarse como un fenómeno ligado a la depresión.
A veces, el sufriente no se mata solo a causa de la enfermedad, sino también para librarse de ella. Es una acción de dignidad personal ante el padecimiento mental. O lo que viene a ser la misma cosa: no solo es la consecuencia de un morbo (palabra que significa «lo que hace morir»), sino un tratamiento radical de la desesperanza.
Una urgencia de escapar del infierno
Virginia Woolf en su carta de despedida para Leonard Woolf expresa esta idea con una sencilla claridad: «Siento que voy a enloquecer de nuevo. Y no puedo recuperarme esta vez. (…) Así que hago lo que me parece lo mejor que puedo hacer». Lo que aquí late, por tanto, no es un deseo de volatilidad, sino una urgencia de escapar del infierno.
En el fondo, se trata del mismo planteamiento que William Shakespeare puso en boca de Hamlet en su famoso y crucial monólogo «ser o no ser» para concluir que de algún modo es el miedo a la muerte el que frena muchos deseos de desparecer y empuja a soportar las tribulaciones de la vida.
Hay una ley central del melancólico, cuyo sacrificio, aclara Grunberger: «está siempre revestido de cierto esplendor interior, incluso cuando nos parece exteriormente como un deslizamiento cobarde y miserable hacia la autodestrucción».
Por eso, existe en la confesión de Antonin Artaud una afirmación de la más lúcida, profunda y desnuda intimidad del hombre que no se engaña a sí mismo: «Si me mato, no será para destruirme, sino para reconstruirme». Muerte para una vida más digna.
Frente a este panorama, construye Luis Cruz-Villalobos su poemario. Especialmente hermoso es su diálogo con Alejandra Pizarnik en las dos secciones del libro dedicadas a ella, donde trata el poeta de entender el mundo sombrío y desgarrado de la escritora y donde se puede percibir una postura de ofrecida esperanza alternativa dentro de la catástrofe.
A pesar de la coletilla modesta del título «y otros poemas» resulta un trabajo coherente sobre la muerte (despojada de su feroz aspecto y concebida como la puerta a una vida perfecta) y la nada. Pensada esta última no como la desaparición definitiva y sí como la abstracción de dónde venimos y que nos deposita en la vida.
¿No se encuentra en esta postura un brillo del Maestro Eckhart y de Angelus Silesius? ¿Y en definitiva de Rilke y de la feliz expresión del «ser-para-la-muerte» de Heidegger?
*Para adquirir una copia en papel de este libro, puede acceder al siguiente link.
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Luis Miguel Iruela es poeta y escritor, doctor en medicina y cirugía por la Universidad Complutense de Madrid. Especialista en psiquiatría, jefe emérito del servicio de psiquiatría del Hospital Universitario Puerta de Hierro (Madrid), y profesor asociado (jubilado) de psiquiatría de la Universidad Autónoma de Madrid.
Dentro de sus obras literarias se encuentran: A flor de agua, Tiempo diamante, Disclinaciones, No-verdad y Diccionario poético de psiquiatría.
En la actualidad ejerce como asesor editorial y de contenidos del Diario Cine y Literatura.

«Storni & Pizarnik y otros poemas», de Luis Cruz-Villalobos (Hebel Ediciones, 2025)

Luis Miguel Iruela
Imagen destacada: Fotomontaje de Hebel Ediciones.